lavozdemiAmo

Story

Lejos las tierras altas, los pastos y encinares. Los arroyos y cuencas de sombras recortadas. Atrás los días de yantar junto a los míos con el vaivén de las lunas y los ciclos del devenir de la existencia. Aquéllas eran nuestro hogar distante en más de veinte millas del castro y su santuario. Hasta que nos apartaron. Junto a mis hembras fui llevado a las tierras bajas, exhibido a la vera del gran rio que bordeaba la loma del sacromonte. Antes nos marcaron a fuego, encintaron nuestros cuellos, y castraron a uno de mis hijos. Le anudaron un sonido metálico en su garganta. Mejor fuera andar libre en las montañas y escuchar el nítido cantar de los pájaros entre la manada en armonía con los hermanos mayores. Pero todos fuimos objeto de la codicia de los astutos. Nosotros para su alimento y los lomos de aquéllos para dominar los valles controlando metales y granos. En el tiempo en que nacen los arroyos, cautivos en los arenales donde nos dieron cerco, una luna nueva, surgió desde el pecho de la loma un sonido fino como de viento. Tan dulce su son era que el instinto me atrajo hacia aquél. A media ladera yacía un astuto sosteniendo entre sus manos un fino tubo del que manaba la melodía mágica. Sin apreciarme, dialogaba entre el silencio y el viento del amanecer. Y así continuó hasta que la gran luz coronó las aguas. El calor apretaba y se zambulló en la represa. Bajo las aguas pardas de cuando, en cuando, afloraban sus muslos, su espalda, su cabeza, reflejándose como el oro que su casta codiciaba, entrelazábanse con las crecientes ondas. Pasó un cuarto de luna y, recostado entre nosotros, pasó a formar parte de la manada. Cuando la luna se hizo entera, a medianoche, se me acercó y pude distinguir su clara figura. Entonces su mano se deslizó sobre mi lomo y aprecié su respiración acelerada. Primero discontínua, luego acompasándose con la mía. Llegué a sentir todo su cuerpo y el instinto me indujo a apartarle con mi testa. Pero como insistiera tentando su suerte y se arrimaba, con lentitud pero decidido, terminé por arrinconarle en el suelo pues nada bueno podía venir de uno de aquéllos. Fué entonces que una noche cerrada vinieron otros como él y acorralándonos se fueron llevando la vida de mis hembras y al pequeño de la añada. Desconcertado les embestí sin suerte. Redujéronme con cuerdas. Inmóvil, apartado entre los que osaban malherir mi cuerpo y rasgar mis flancos, mi corazón se aceleraba, mi respiración no hallaba consuelo. Derrotado caí rendido en las arenas. Pude soñar con las manos que me mimaron en los días previos a mi muerte. Más el fuerte olor a muerte me abrió los ojos al color de la vida derramada de mi casta. Mis hembras despellejadas, sus pieles extendidas y tensadas formando un cerco protector de los plomos que a más de uno descerebraron, lanzados por las hondas enemigas en épocas de pillaje. Contemplé las cabezas desmembradas clavadas sobre astiles de madera. Y ya no volví a escuchar al arroyo, al silencio del viento, ni a los grillos… tan lejos quedaba todo de las tierras altas. Y sin tregua a mi aflicción se hizo el ruido de los tambores que desafiantes avivaban al griterío, inundando el valle y mis sentidos. Trajeron un gran bloque sepia de grano fino. Allí mismo lo cincelaron junto a mi, recostado sobre mis cuatro patas. Surgió el hermano de cola arqueada pegada sobre el lomo. Cuando lo concluyeron nos llevaron juntos hacia el castro, vestidos con las pieles de mis hembras e iluminados por antorchas. Allí fui entregado ante las defensas que portaban los astutos en sus manos. Me humillaron. Los más lanzados se subieron a mi lomo. Y se hizo el silencio que tanto ansiaba a los pies del hermano de piedra. Tras él se apreciaba la cabeza del que antaño me deleitase con su música. Iba casi desnudo portando jabalina endurecida al fuego y tentándome con un escudo de piel roja. Arrojó contra mi costado el frío fuego del silencio que empañó mi vida. Ya caído y moribundo, arrastraron mi cuerpo por aquel castro de muerte. Le untaron de sangre el rostro y escuché su silencio. Vinieron a mi los colores de mi crianza. Sin tregua cortaron mis astas y las colocaron en los ojuelos abiertos en la frente del hermano de piedra. Entonces lo llevaron junto a la zanja excavada en el santuario para enterrar al señor del valle. Allí depositaron sus cenizas y la cubrieron con losas calizas. En una de las urnas colocaron el retorcido sable inservible que lo alzase antaño. Cuánto dolor y llanto entre quienes sintieron su frio filo, más si cabe, el de quienes lloraron a esos muertos. Como una azar más, mis astas ya anidadas sobre la testa del hermano de piedra, él sí pudo sobrevivir a otros señores y otras vidas. Más no sé si sus ojos lloraron la sangre de los caídos. Fué la misma tierra que lo engendró la que le regaló la protección que a nosotros nos negó. ¿Pero a los muertos?. A los muertos sólo les queda el amparo a ser tapados para vergüenza de la vida que soportaron. ¿Pueden resurgir?. Sí, junto a nosotros, fueron llegando más al camposanto inviolable para el recuerdo del hermano de piedra que nos veló eternamente.

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